Deseos de cosas imposibles

Ginny Lupin
9 min readMay 1, 2022
Foto: Camila Godoy.

Cuando era chica y una funeraria era mi patio de juego, mamá me explicó que a los dientes de león hay que soplarlos pidiendo un deseo. Todavía era chica, muy chica, cuando me perdí jugando en el jardín de la funeraria y busqué a mamá y a los dientes de león, y al no encontrar ninguno, cerré los ojos y deseé bien fuerte estar en casa hasta que supe el camino.

Era chica, pero no tan chica, cuando hablaba con el chico que ya no me gustaba y vi una estrella fugaz, mi primera estrella fugaz, cruzar el cielo por detrás de su nuca. Pedí un deseo y seguro se cumplió, porque hoy (tantos años después) sólo recuerdo los que no pasaron, haciéndome dudar de la magia. Y era grande o pretendía serlo cuando pasé una noche en la playa con amigos y nos rodearon tantas estrellas fugaces que me quedé sin deseos, porque me sentía tranquila y no sé pedir cosas cuando todo está en calma.

A Ash lo conocí cuando era no-tan-chica y hasta que dejé de pretender ser grande le pedí muy pocos deseos. Sé que un fin de año intencioné un encuentro furtivo, y otro Diciembre manifesté que no nos perdiéramos el uno al otro. Recuerdo su cara, nítida en mi mente antes de soplar las velitas de algún cumpleaños, haciendo fuerza para que me quisiera, me escribiera, me pensara. Recuerdo fumar cigarrillos con su nombre escrito en fibrón negro, otros nombres en papeles en el congelador; hechizos caseros como un juego en donde tentar al destino era el medio necesario en pos de un fin mayor.

Durante todo ese tiempo creí en el poder de los deseos y fui descreída de su concreción. Invocaba con rituales infantiles y elaborados, confiaba porque tenía que confiar en algo, pero no entendía la magnitud de mis deseos. Durante todo ese tiempo, jamás me detuve a pensar cómo se sentía él. Las cosas pasaban o no pasaban, por el destino, la sinergia energética, por amor, por desencuentros. No conocía la fuerza que te arrastra cuando sos el objeto de la invocación ajena. No sabía qué se siente estar del otro lado del deseo.

Bristol es un puerto, una parada de tránsito para pescadores y comerciantes. Es también una de las principales ciudades de Inglaterra, la de los graffitis alabados por la crítica especializada y el turismo entusiasta. Son las esquinas de mi adolescencia — aún cuando era ajena a su pavimento hasta ese Agosto -; porque son las mismas baldosas caminadas por Effy, es el parque donde Syd convirtió a Cat Stevens nuevamente en un clásico y la calle donde atropellaron a Tony, abriéndonos los ojos a la cruda realidad: por más jóvenes e intrépidos, no éramos invencibles. Además, en Agosto, Bristol es la ciudad de los globos aerostáticos; sede de un festival que contamina el cielo con puntos de luz y color.

Cuando interrumpí las vacaciones de invierno en el sur para decir que me iba a Bristol, las chicas se ofendieron. Pensaron que lo había ocultado durante esas semanas que pasamos juntas, como empollando un gran secreto, la estela de su recuerdo apartándome de ellas nuevamente. Se preocuparon, seguras de que volvía a Inglaterra para seguir pidiendo deseos a un universo que hace tiempo había dejado de escucharme. No creían mi arrebato de impulsividad y sus preguntas me aturdían como una alarma de incendios: ¿Por qué? No se. ¿Te vas a Inglaterra y no sabés por qué? No, no se. Dale. No, él no vive en Inglaterra. Pero está al lado. Pero yo tengo que ir a Bristol. ¿Y el trabajo? Tengo que ir. ¿Vas a ir sola? t e n g o q u e i r.

Y me fui. Aunque no me sentía tan intrépida o invencible una vez atrapada entre la multitud que inundaba el paseo costero. Me agobiaban la cercanía de los cuerpos y el calor; y apenas lograba abrirme paso entre las masas, enceguecida por los destellos naranjas de un atardecer lento y tardío.

Caminando a paso de tortuga por un camino que no veía, no pude evitar volver a mi primera noche en Inglaterra; que no fue mi primer encuentro con un Morfeo británico esquivo, sino la primera vez que forzando el cuello hacia atrás hasta que doliera, encontré las estrellas brillando de cabeza. Las noches en el Norte, ¡cuánto las ansiaba! Aún hoy, cuando su recuerdo estaba manchado como todo en la isla. Ash había inundado cada recoveco del parquet de mi memoria con la ceniza de su nombre, como cuando dejo el ventanal del depto abierto mientras fumo en el balcón y la evidencia grisácea de mi vicio se mete entre las ranuras del piso y los muebles.

Pero ese Agosto, Bristol estaba lleno de personas que no eran él y los globos de aire caliente inundaban todo menos el cielo. ¿No deberían estar ya en el cielo? Dos chicas comentaron en un español ceceado que no debían soltarlos hasta que el sol tocara el mar. Tradiciones, rituales. Mientras tanto, los dichosos globos estaban en camisetas, gorros, afiches y pasacalles; elaborados meticulosamente con leche sobre café, tatuados — en henna y a perpetuidad — en pieles que contaban historias propias. Todos estos servicios eran anunciados a gritos por vendedores sedientos del dispuesto dinero turista, ondeando sus globos por la tierra mientras que en el cielo nada, ni una nube, ni una mancha hasta que el sol abrazara el agua y su luz naranja iluminara el multicolor de los óvalos flotando sobre nosotros.

Tenía sed, la boca seca y pegajosa del avión que se resignaba a dejarme ir aunque había bajado hace ya algunas horas. Quería ducharme, ver el atardecer con una copa de vino en el muelle. Sentir la brisa fría en la piel resbalosa. Quería dar la vuelta, entrar a la tienda familiar al final de la calle, comprar pan y queso y volver al hotel. Quería saber qué hacía ahí, tener poder de decisión sobre mi próximo destino, pero mis pies no se movieron.

Saqué la cámara para tomar alguna foto, una postal que tranquilizara a quienes dejé atrás, la imagen que conmemorara el momento en las redes sociales, pero no había nada que conmemorar. Estaba nuevamente en la otra punta del mundo, motivada por la nada misma. Aquella fuerza irrefrenable que me había arrastrado en diagonal por el Atlántico hasta el suroeste de la isla se había esfumado de repente; y entendía ahora que no había motivo alguno para que yo estuviera ahí. Pero cuando la voz interior, esa voz grave de ultratumba que sólo habla cuando la necesidad que comunica es imperativa, me había despertado para exigir que dejara mis ahorros en un pasaje; supe entender que escucharla era la única alternativa. Porque por más irracional que fuera, mi impulso de viajar a Bristol había sido la primera oleada de determinación que sentía desde subirme a un ómnibus en Gloucester Road tantos años antes para ir al encuentro de lo que allí buscaba.

Después, ni siquiera cuando corté el hilo separándome de todo recuerdo de él, había sido el deseo mi motivo. No quedaba deseo de alejarme, de acercarme, de sentir. Tampoco necesidad, sino más bien resignación. Pero por Bristol, por Bristol había sentido un hambre insaciable.

Y ahí estaba, vagando carente de esa fuerza impulsora, esperando que el atardecer recargara mis energías y me diera las respuestas que ansiaba. Quizás, solo quizás, una estrella fugaz cruzara el cielo por entre los globos aerostáticos, invitándome a desear de nuevo.

La agónica espera fue interrumpida repentinamente, cuando el muelle se paralizó como por obra de un control remoto universal; todos y cada uno de los fieles asistentes a la peregrinación globológica quedaron detenidos, alzando su vista al cielo como si fuera Dios y no unos retazos de tela quienes hacían su entrada triunfal en el manto ahora azul grisáceo. Más abajo, el sol por fin abrazaba al mar, el encuentro esperado concretándose frente a nuestros ojos.

Aparté la vista de sus rayos dorados, dejando que mis pensamientos y mirada se perdieran al unísono entre los colores de los mil globos. Era una visión única, los parches de color sobre la colcha estelar; pero aún así no sentí nada. Ya de noche, en la noche inglesa, miré el cielo en soledad, consciente de que nunca antes había buscado las estrellas sin compañía alguna. Sola, como si fuera la única persona en el paseo a pesar de formar parte de una multitud. Con la isla teñida de su recuerdo, no pude evitar preguntarme: si esa otra noche esa otra ciudad hubiese estado así de viva, ¿Nos habríamos sentido igual de dueños del mundo? ¿O es solo en la soledad compartida que nos reconocemos en la cima del universo?

Sumergida en el vacío y la multitud, me resigné a no sentir, a lo inútil de una nueva travesía transatlántica. Aunque faltara una semana, todo auguraba un retorno vergonzoso, de anécdotas inventadas que me justificaran con mis amigas, esas amigas que esperaban una explicación racional después de haberme despedido, orgullosas de mi valentía para emprender esta misión secreta en soledad. Pero no había manera de ahorrarme la humillación de llegar con las manos vacías, así como no hay valentía si no se encuentran alternativas a la acción tomada. Y no había tenido opción, Bristol me había arrastrado como una corriente de viento huracanado, bien distinta a la brisa que ahora inclinaba el globo rosa, acercándolo al anaranjado.

Anclada al suelo, envidiando la libertad de los globos al viento, me sentí yo también tambalear con un golpe seco al hombro. Perdí de vista el cielo para concentrarme en mis pies que ya no tenían su pesada estabilidad. Una mano me sujetó fuerte el codo y subí la vista, solo un poco esta vez, buscando no un globo sino al rostro responsable de mi movimiento involuntario.

Al principio solo encontré ojos, ojos grises aunque no a la altura indicada. Ojos de un demonio carente de color, chato, que me devolvía una mirada violenta y socarrona, propia de un depredador despiadado que arrincona a su víctima en un callejón oscuro. Y podría haberme asustado, de no haber conocido tan bien al demonio. Como conocía al león más arriba, en el antebrazo. Y también a los ojos color avellana que me miraron divertidos cuando logré despegar la mirada de sus tatuajes.

Miles y miles de kilómetros, de dudas, de personas acumuladas en ese muelle. Pero las cenizas vuelan a merced del viento, entrando a cada recoveco, escabulléndose si las buscamos y persiguiéndonos cuando decidimos escondernos.

Me sorprendió verlo, pero más debería haberlo sorprendido a él, aunque siguió inmutado, como si verme en la otra punta del mundo después de tres años de silencio fuera de lo más cotidiano. No apartó la mano de mi codo, trazando círculos vagos en la articulación aunque yo ya no necesitara de su mano para estabilizarme. Sus ojos, en cambio, habían dejado de mirarme para volver al cielo.

- ¿Sabías que a los globos de aire caliente también se les puede pedir deseos?

Lo dijo con su voz suave, casual, y no necesitó aclarar el resto; yo sabía lo que estaba pidiendo entre las sombras de su diatriba. El quería que vuelva, que flote en torno a su calor sin pensar un segundo en el peligro, en mi peligro. Y la idea fue tentadora, más aún cuando empecé a sentir esa vieja punzada de deseo en la base de la columna. Creí que eso intentaba pedirme el cuerpo, aunque la voz interior permaneciera callada: deseaba flotar lejos de tierra firme, confiando en la seguridad de su fuego sin asumir que podría quemarme en cualquier momento. Pero, aún con la vista espectacular de los mil globos en el aire frente a mi, aún con la nube de distracción que las notas de su perfume impusieron desde la narinas hasta el cerebro dormido; elegí cerrar los ojos, ignorando sus palabras. Y nuevamente sola, como única habitante de mi mente, conjuré con todas mis fuerzas la imagen que de verdad quería ver.

No fue mi deseo el que me llevó a Bristol, pero si mi determinación la que abrió mis ojos y ordenó a mis piernas movimiento. Su mano perdió mi brazo y aunque hubiese querido ver la sorpresa en sus ojos al entender que partía, seguí adelante, abriéndome paso entre el mar de personas hasta que el cielo sobre mi era simplemente negro, sin colores extravagantes ni flashes de cámaras ajenas. En la calle del hotel apenas había luz, pero aún con la noche despejada y el cuello doblado en un ángulo peligroso, las estrellas fugaces no me encontraron. Supongo que dejé de buscarlas. O entendieron que ya no quería más deseos, sino que pedía con la magia de mil velas de cumpleaños, seguir en movimiento.

Somos artífices de nuestros propios deseos, así como los tréboles de cuatro hojas crecen ejerciendo un anárquico libre albedrío. Como las estrellas fugaces que caen sin predicciones y esas velas de cumpleaños que vuelven a encenderse sin importar que tan fuerte sople. Hoy soy dueña de los dientes de león en mi jardín, del cenicero que compré en mi paseo por Camden y de mis pasos — capaces de acercarme certeros a mis objetivos sin la ayuda tramposa de la magia. Hoy suelto mis palabras para que cuando sople fuerte el viento que arrastra sin rumbo a los globos, las lleve consigo dando paso a nuevas historias.

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Ginny Lupin

Escritora, opinóloga musical (certificada por absolutamente nadie) y comunicadora independiente, al frente de ardeportal.com y del newsletter 🍷 Secretos…